¿Cansada de juzgar y de ser juzgada?

Últimamente siento que vivimos en un mundo donde es demasiado fácil criticar.

Entré en Instagram esta mañana y vi el post de alguien con miles de seguidores hablando sobre cómo la nueva espiritualidad está convirtiéndose, según él, en un “hedonismo disfrazado,” un movimiento excesivamente centrado en el “yo.”

Reconocí en su crítica algo que yo misma viví hace unos años, una etapa que ahora llamo “ego espiritual.”

Es ese momento donde, tras salir del arquetipo de víctima (que muchos conocemos como el triángulo de Karpman: víctima, salvador y perpetrador), comenzamos a descubrir nuestro poder personal y nuestras capacidades para co-crear nuestra vida.

El ego espiritual es una fase.

Salimos de un estado de queja y crítica donde sentimos que todo está fuera de nuestro control: la economía, las decisiones del gobierno, nuestra pareja o las circunstancias de nuestra vida. De repente, descubrimos que tenemos más poder del que jamás imaginamos. Aprendemos que nuestra felicidad no depende de lo externo, sino de cómo gestionamos lo interno.

Pero aquí está la trampa: ese descubrimiento puede llevarnos a creernos “más despiertos” o “más conscientes” que los demás. A veces, incluso, nos convertimos en misioneros de nuestra verdad, queriendo “iluminar” a los otros.

Es justo aquí donde quiero detenerme. ¿Qué hay de malo en pasar por esta fase? ¿Por qué no podemos simplemente aceptar que cada quien está en su propio proceso, en su propio tiempo y en su propia forma?

La ciencia y la espiritualidad coinciden en que el camino del autoconocimiento no es lineal. Carl Jung decía que “uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.” Y en ese proceso de llevar luz a nuestras sombras, todos pasamos por etapas necesarias para nuestra evolución.

Esto también lo confirma la neurociencia. Según estudios de la Universidad de California, el proceso de cambio y aprendizaje implica pasar por fases de desequilibrio antes de llegar a un nuevo estado de integración.

El ego espiritual puede ser una de esas fases de transición.

Entonces, ¿qué tal si dejamos de apuntar con el dedo a quienes están en un lugar diferente al nuestro en el camino? ¿Qué tal si dejamos ser?

Te invito a reflexionar: ¿cómo sería darte un permiso radical para ser, con todo lo que eres? Y más importante aún, ¿cómo sería extender ese permiso radical a los demás, sin juzgar, sin intentar cambiar, sin intervenir?

Porque al final, como dice Rumi: “Más allá de las ideas de lo correcto y lo incorrecto, hay un campo. Te esperaré allí.”

La Academia Raíces y Alas es donde ponemos todo esto en práctica, allí te espero 🙂

Visited 39 times, 1 visit(s) today